martes, 30 de agosto de 2011

domingo, 7 de agosto de 2011

En los broches de la cuerda



Se me han desordenado las palabras en el cajón.
Se han enredado como cables viejos, una encima de la otra.
Las coloco sobre la hoja en blanco
 pero revolotean inquietas,
no quieren ser escritas.

Les pido un poco de poesía pero se resisten,
juegan a ser palabras burdas,
demasiado conocidas y rutinarias.
Sólo quiero regalarle unos versos al sol, les digo.

Y cuando lo nombro 
parecen ponerse un poco más serias.
Entonces una les tose a las demás,
y sin decirles más nada,
 poco a poco, se ponen en fila
desplegando sus alas de mariposas.

Las veo danzar entre mis dedos, sublimes,
 airosas como rayos de luz.
Es que ellas entienden mejor que nadie
 como pintar un poema.

Me miran divertidas ante mi gesto de alivio.


Cada tanto se van de la hoja y se pierden por las paredes,
las transforman de verdes, rosa, naranja y azulados.
El cuarto responde a las caricias de mis palabras
las observa, las entibia, las florece.

Será por eso que las hojas del libro nunca tuvieron alambrados.

Les cuento que necesito ayuda con las formas,
ellas abren grandes sus ojos
 y largan carcajadas de hadas.
Entiendo que nunca les gustó que las manden,
ellas crean belleza de otra forma, de otro mundo.

Se dispersan en el teclado y juegan a las escondidas,
hacen barullo, no me escuchan,
tomo distancia, 

enmudezco

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las contemplo.


Nunca me gustó poner barreras a mis palabras.


Las trato de convencer, les cuento del concurso.
Ellas ya pasaron por la rayuela,
ahora están entretenidas con los broches de la cuerda.

Me pongo triste.
Ellas detienen su juego y me miran tristes también,
Nos quedamos un largo rato
mirándonos a los ojos.


Hay momentos que siempre prescindieron del tiempo.


Mis palabras toman mis pensamientos
los sacan a la vereda
y les muestran la salida del tren.
Siento el olor de la libertad.

Nunca entenderé de formas,
y tanto a ellas como a mi,
nos seguirán molestando
los ruidos sordos de contenidos 
y de amor.

La tarde se aquieta 
y ellas se posan en mi almohada
las dejo soñar despiertas,
que se esfumen a través de versos en el viento
y en barriletes paseen ciudades.


Pienso que ningún premio es mayor
que conocer y querer las propias palabras.

jueves, 4 de agosto de 2011

Comunión en el monte


Mientras mis pasos hacían crujir las hojas secas de la tierra sedienta del monte, mis ojos pedían permiso a sus árboles para adentrarse en su espíritu de río. En los vientos que aparecen detrás de los follajes alejados, se susurran las historias olvidadas. Cuentan por ahí que sus algarrobos son sabios abuelos que abrazan el lugar.
El Bermejo es un viajero trotamundos, que caprichosamente recorre todo el año, desde las montañas del norte hasta visitar el mar. En cada lugar que descansa lo apodan diferente, pero él no le presta demasiada atención y en las rondas de fuego cuenta sus viajes.
En sus orillas los dorados hacen la destreza del alimento, un impulso subacuático los despiden a la superficie; para luego de varias piruetas, zambullirse dictando melodías. 
Las ranas atentas en sus refugios descifran la nota y comienzan a calentar la garganta. Un coro verde oscuro da inicio a la orquesta sin fin que alegra todo el Impenetrable.
Las siguen las abejas carneras, los grillos y el hornero. Mientras la música reina, los algarrobos y palos borrachos más sabios y arrugados, cuentan los lamentos de los siglos pasados y venideros.
Los pies de los Wichís recorrieron todos los escondites del Chaco, sus ágiles manos pedían y se alimentaban del río, sabían que todo en la naturaleza tiene dueño.
Las mariposas escuchaban atentas la historia del fuego que recitaba un algarrobo, y fascinadas las divulgaron a todas las flores y hormigas que habitan la orilla. Tararearon la historia de Tokjuaj, el dios de los Wichís. Alborotadas, las mariposas contaban las burlas y travesuras de este dios. Las libélulas, muertas de risa, festejaban con giros en el aire cada fin de historia.