sábado, 17 de septiembre de 2016

Elemental

¿Él se llamaba? ¿Se hacía llamar por algún nombre o sonido? Si es que tuvo nombre debió haber sido Fuego. El primer hombre sobre la tierra que vio brillar las lenguas de llamas que todo lo transforman. 
Fuego encendió sus manos unidas, despertó el elemento que trae luz a la noche, emocionado danzó a su alrededor hasta el amanecer.
El primer hombre, que poseía pies doloridos y hombros como plomo, pudo ver brotar sus lágrimas por la alegría. Fuego había sido el hombre de los placeres. Sus manos habían dado formas al viento, sabores, olores, manjares de la creación directo a su boca y a su cuerpo. Fuego había adorado el calor natural que lo dejaba observar las estrellas y al cielo infinito que lo habitaba.
En las brasas aprendió a leer la suerte y en las hojas a predecir los vientos. Pero Fuego, que tan bien conocía la piel, su límite y amada, había descubierto que otras pieles existían y serían sus abrigos.
Nada le gustaba más que hacer magia amarilla entre sus dedos apenas con unas ramas secas y tres piedras, resguardado en su hogar de hojas de palmeras cuando, ni más ni menos, comenzaba a llover...
Porque Fuego estaba enamorado de la lluvia. Cuando el cielo lloraba él también, claro que no lloraba como nosotros sino que lo hacía por conocer la gracia.
Sus instintos ya entonces lo llevaban a dialogar sin palabras con el Sol y nunca olvidaba agradecer por la magia de sus manos y los placeres del existir. Él solía detenerse el tiempo necesario sobre la gota de rocío.
Embelesado, la alagaba hasta tomarla entre sus dedos y colocarla entre sus cejas, para no olvidarse nunca del interior, le susurraba a la luz.
Fuego era nacido en tierras de montaña, poseía ojos de águila y alas de dragón. Su madre era la luna creciente que se sentaba a irradiar su ser sobre el lago. Luna se había enamorado del aire y de todo lo que allí florece, el Sol había pintado una hermosa tierra para ella.
Por lo que Fuego traía, tras de sí, un augurio que lo destinaba en la inmensa libertad del mundo. De las aves había aprendido a construir su casa y de los peces a cazar. Pero los detalles de esta pintura, como siempre aparecían con inmediatez, con violetas y amarillos.
Le esparcía por todo el cuerpo la esencia misma de su nombre y su corazón transformado le hablaba de ella. Y por magia de los instantes su deseo se desvaneció y la figura de ella apareció en sus ojos, como el espejo que la misma lluvia nos deja en su cúmulo sobre la tierra. 
En lo acertado de un invento, siempre, parece existir un poco de razón en no cuestionar lo hermoso que nace entre las pieles, ni lo enexplicable para traducir el amor en el plano de los besos. 
Fuego y Agua entrechocaron sus cuerpos, recreándose infinitamente, salpicando sobre aire y tierra las chispas y gotas que se desprendían de sus pieles.
En el humo escribieron su historia con letras de espiral y recorridos suspensivos...
Sol y Luna, en su eterna complicidad, trazaban estrellas y meteoros con la boca, sellando la eternidad.
Fuego conoció la felicidad de los elegidos en muchos años de lluvia contra sus hojas de palmeras, contra las piedras de los ríos y contra su pecho.
El primer hombre que bendiciendo sus manos culminó los días siendo sobre el vasto lienzo, un trazo perfecto que no conoció la insatisfacción, ni el miedo, ni el dolor.
Fuego, un creador, que la historia, por descuido, ya ha olvidado.

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